| El mejor regalo para un luchador |
| La Tregua - La Tregua |
| Martes, 17 de Abril de 2012 20:18 |
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Todas las miradas puestas en un terreno de juego. Corazones palpitando al unísono durante 90 minutos. Cada respiración acompasada al momento que viva el partido; una ocasión fallada, un corte providencial, un regate exquisito, una entrada salvaje o un gol. Cada palabra, cada suspiro y cada grito impulsados por la dirección que decida tomar un balón. Un tembleque en la pierna, un tamborileo con los dedos, una uña carcomida; movimientos casi imperceptibles que denotan nerviosismo. Todos esos síntomas son los que los aficionados al fútbol sufrirán durante una semana que transpira fútbol. La ida de las semifinales de Champions que enfrentarán a Bayern y Real Madrid por un lado, y a Chelsea y Barcelona por otro, y el Clásico que, salvo sorpresa, coronará al próximo campeón de Liga, serán los grandes protagonistas. A pesar de este maravilloso menú balompédico, cuesta sacarse de la cabeza las imágenes de Piermario Morosini desplomándose sobre el césped este pasado fin de semana. No ha sido el primero ni, desgraciadamente, será el último futbolista que se deje la vida haciendo lo que más le gusta, pero esta vez la continua tragedia personal de este chaval nacido en Bergamo se infiltra hasta lo más hondo. Muchos lamentamos nuestra mala suerte día sí y día también, por circunstancias que, en el fondo, carecen de importancia. Que si el jefe me ha echado la bronca, que si he suspendido un examen, que si mi novia me ha dejado,… Todos nuestros problemas causan sonrojo si los comparamos con los que sufrió Morosini a lo largo de su vida. La salud es lo más importante dicen los sabios y, seguramente, tengan razón. Esa salud fue la que siempre le faltó a Morosini y a su familia. Echando un rápido vistazo a su biografía, no para regodearnos y sentirnos mejor pensando en que otros lo pasan peor, sino para hacer autocrítica y no ser tan quejicas, uno descubre una historia terrible. Huérfano a los 17 años, su hermano discapacitado fallecía poco después, quedando al cuidado de su hermana, también discapacitada. Ahora, la única superviviente de la desdicha que ha asolado a los Morosini quedará a cargo de Di Natale, con el que el malogrado centrocampista coincidió en las categorías inferiores del Udinese. La imagen del futbolista ajeno a los males del mundo queda eclipsada por esta tragedia. Rememorando las terribles imágenes de este fin de semana, tan tristemente parecidas a las vistas en los casos de Foé, Feher o Puerta, uno descubre como Morosini peleó por su vida una, dos y hasta tres veces hasta caer definitivamente desplomado sobre el tapete. Su compañero Schiattarella es el primero en percatarse de la caída de Morosini e intenta denodadamente llamar la atención del árbitro que, de espaldas y atento al juego, tarda en atender a los gritos del jugador del Livorno. Pese a la rápida actuación de los servicios médicos, estos poco pudieron hacer por Morosini que fallecía minutos después tras no superar una crisis cardíaca. Mientras tanto, sus compañeros regaban con lágrimas el césped del Estadio Adriático. Un luchador se marchó el pasado sábado, pero el eco de su nombre rondará por los estadios eternamente. "Son cosas que te marcan y te cambian la vida, pero al mismo tiempo te llenan de rabia y te ayudan a darlo siempre todo para lograr aquello que también era el sueño de mis padres" (Piermario Morosini). Sígueme en Twitter: @rcrascon
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