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Patricia Ramírez Loeffler.-Para todos los deportistas es la fecha más importante en el calendario de sus vidas profesionales. Entrenan durante cuatro años, compitiendo en europeos y campeonatos del mundo, buscando las marcas clasificatorias que les permitan acceder a lo máximo que un atleta puede aspirar: participar en una Olimpiada y convertirse en Dios del Olimpo.
En la entrada a la piscina en la que entrena Michael Phelps, reza algo similar a esta frase “los JJOO no son cada cuatro años, no nos preparamos para cada cuatro años, NOS PREPARAMOS PARA CADA DÍA”. La preparación de un deportista olímpico implica: pulir su talento hasta convertirlo en un brillante. Y este proceso se vuelve cada vez más exigente y complejo. Entrenamos la estrategia, la técnica, buscamos la nutrición perfecta, y cada vez son más las disciplinas que nos rodean y nos hacen ser cuasi perfectos para poder competir al mejor nivel.
En el terreno psicológico, un deportista tiene que ser capaz, ante la competición más importante de su vida, de dar lo mejor de sí mismo. Esto implica “saber competir”. No se asiste a una Olimpiada por el simple hecho de participar. Se va a competir, a ser bueno, buenísimo y mejor, a cumplir con el sueño de todo atleta, aspirar a lo máximo. Como dice el lema “Más alto, más lejos, más fuerte”. Para poder competir al límite, necesitamos:
- Tener un pensamiento firme y orientado al éxito. Tener claro qué es lo que quiero e ir a por ello. No hay lugar para las ideas de duda. Los deportistas pueden entrenar el estilo cognitivo y elegir y automatizar los pensamientos que les van a llevar al objetivo. En lugar de “no sé si estoy preparado, hay algunos que me superan, a ver qué pasa…”, debemos pensar en términos positivos y ambiciosos “yo estoy aquí porque me lo merezco, he trabajado duro y vengo a darlo todo, no permitiré que nadie me deje en el camino”.
- Saber sufrir: resistir el cansancio, crecernos con las molestias. Ser capaces de atender las señales que nos dan fuerza y desatender lo que resta durante nuestra ejecución deportiva. Esto se consigue a través de un entrenamiento en atención y concentración.
- Controlar el nivel de activación, que no falle ni por exceso ni por defecto. La ansiedad precompetitiva y el saber que te lo juegas todo a una, elevan los niveles de ansiedad y puede generar bloqueos, tanto a nivel mental como físicos. Mientras que el exceso de relajación impide que demos todo lo que llevamos dentro y compitamos con garra. Existen técnicas de visualización, relajación e hipnosis que nos permiten alcanzar los niveles de activación óptimos en los que somos capaces de entregarnos y competir al máximo nivel.
- Tener un locus de control interno que nos permita sentirnos confiados y seguros. El locus de control es “la atribución que hacemos del éxito y el fracaso”. Si el deportista ha trabajado duro, ha conseguido la marca y su entrenamiento le ha llevado dónde él deseaba, tiene que saber que es porque él se lo ha ganado y que no ha sido cuestión de suerte. Conocer nuestro talento y nuestras virtudes nos permite explotarlas y sentirnos seguros. Nadie nos regala nada, somos nosotros quienes nos esforzamos para alcanzar el premio.
- Saber manejar nuestras emociones, ser capaces de autorregularnos. Saber motivarnos, con frases, fotos, música y con las recompensas que alcanzaremos cuando cumplamos con el objetivo. Debemos simular, como si fuésemos actores, el estado emocional que saca de nosotros toda la rabia y la ambición de los que lo dan todo y trabajan al límite. Participar con corazón, furia y amor por lo que hacemos.
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